Scioli devaluado, mala noticia para el estáblishment

Ya nadie dentro de la coalición kirchnerista piensa que Daniel Scioli podría ser objeto de control político, y de ese modo garantizar la continuidad y profundización del proceso. Todos saben hoy, que Scioli no sólo no representa lo mismo, sino que es el candidato del estáblishment. O al menos lo era hasta hace pocas semanas.

 En las semanas previas al desgraciado alejamiento físico de Néstor Kirchner, la noticia que dominaba la atención política era la intención de las personas más cercanas a Daniel Scioli de que éste abandonara las filas kirchneristas para construir su propio camino, que lo llevaría, tarde o temprano, a la presidencia de la Nación.


Basta repasar los titulares políticos de aquel momento para rememorar los escarceos entre el gobernador y el gobierno nacional, y aquel acto en Barracas, donde el ex Presidente le pidió que dijera públicamente “quién le ata las manos”. Eran días en que desde el estáblishment se trabajaba por la unidad de la oposición y se daba por descontada la derrota electoral de la Presidenta en los comicios de 2011.                

El miércoles 20 de octubre de 2010, este clima es tapado, comprensiblemente, por el asesinato del militante Mariano Ferreyra, que acaparó los titulares de los medios, y causó en Néstor Kirchner una congoja e indignación que lo acompañaron hasta su fallecimiento, una semana después, no sin antes haber exhortado y movido todos los resortes al alcance del gobierno nacional para que se hiciera rigurosa justicia ante ese crimen.                

El primer acto político institucional de reafirmación de lealtad a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner como conductora del proceso político, es convocado, precisamente, por el gobernador de la Provincia de Buenos Aires en su residencia de La Plata, y ante varios intendentes y legisladores. Y la pregunta clave que justifica esta retrospectiva es: ¿fue aquel acto guiado por una pura vocación de “lealtad”, o hubo detrás un alto grado de especulación?                

Personalmente, me inclino por lo segundo. El análisis del gobernador de Buenos Aires y su núcleo era claro: con la muerte de Néstor Kirchner se agotaría en 2015 la posibilidad de alternancia entre ambos para la Presidencia. Con lo cual, a partir de sus cansadoras demostraciones de lealtad, y una suerte de “piloto automático” en su gestión de gobierno, Daniel Scioli tendría asegurada “naturalmente” su candidatura a Presidente, sin los costos de una ruptura.                

En aquel momento, incluso, muchos círculos cercanos al gobierno nacional pensaban –a diferencia de Néstor Kirchner- que Scioli podía ser, efectivamente, el heredero natural de este proceso. Aun cuando nunca había despertado grandes simpatías, algunos imaginaban que sería la Presidenta quien mantendría las riendas de la conducción y que su estructura podría ejercer el control político necesario para impedir los desvíos –posibles y esperables- del gobernador.                

Esa es la creencia que acaba de romperse. Ya nadie dentro de la coalición kirchnerista piensa que Daniel Scioli podría ser objeto de control político, y de ese modo garantizar la continuidad y profundización del proceso. Todos saben hoy, que él no sólo no representa lo mismo, sino que es el candidato del estáblishment. O al menos lo era hasta hace pocas semanas.

                No tengo necesidad de referirme al origen menemista de su incursión en la política, como expresión de aquel desgraciado desplazamiento de la militancia a expensas de la farandulización. La intención, en aquellos tiempos de esplendor del neoliberalismo en los noventa, era convertir a la política en un fenómeno meramente mediático y virtual, mostrando a la militancia como un rasgo del pasado, y muy impregnada de corrupción, para alejarla de toda ejemplaridad. Los grandes centros de divulgación política –ganados por la frivolidad y la obediencia ética y estética a los postulados del poder- eran las revistas y los programas de tv, reactivos a todo atisbo de idealismo, de rebeldía y de compromiso duradero.                

Lo que me interesa –y lo que interesa- es qué representa el Scioli del presente. Se trata de un administrador –y está visto que ni siquiera es bueno en eso- sin grandes ideas, sin proyecto, sin audacia, sin volumen propio, sin nitidez ideológica, y, por lo tanto, totalmente propenso a ser “disciplinado” por los factores de poder, en lugar de ser un interpelador de los mismos. De haber tenido injerencia en decisiones de gobierno, no hubiera sido quien propusiera la Ley de Medios, ni la desmonopolización de Papel Prensa, ni la decidida defensa de procesos como el de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales o Fernando Lugo, ni la recuperación de YPF para el Estado nacional, es decir, para el pueblo argentino. Su universo simbólico está mucho más ligado al semblante del coloquio de IDEA, los almuerzos de Mirta Legrand, la candidatura de Karina Rabollini o los coktails con asistentes como Mauricio Macri o Miguel del Sel, que con la épica de los jóvenes militantes que llenaron el estadio de Vélez Sarsfield el último 27 de abril. En definitiva, con Scioli al mando de un eventual gobierno, el Estado argentino no sería permeable, como lo es hoy, al desarrollo de nuevas formas de organización social y de militancia comprometida, sino que estaría ocupado por las mismas élites de poder que lo dirigieron durante gran parte de las últimas décadas.                

Alguien podría aducir, contra lo que digo, que Scioli siempre fue leal a la Presidenta, que siempre “estuvo cuando tenía que estar”. Y vamos a dar esto por cierto, más allá de que lo haya hecho a disgusto. Pero, en la política en general y en el justicialismo en particular, el paso de conducido a conductor modifica totalmente los roles, el sistema de lealtades, y, por consiguiente, los objetivos del proceso político, trasladándolos de la anterior a la nueva conducción. Entonces, cuando el propio nuevo conductor es quien no está convencido, quien no representa ni ideológica ni simbólicamente al actual proceso político –y, por lo tanto, tampoco a la misma base social- mal podría ser su continuador. Y sí ofrece, en cambio, todas las condiciones para convertirse, rápidamente, en el preferido del estáblishment.                

Frustrada en su intento de amalgamar electoralmente a la oposición, el estáblishment sintió el duro golpe en los comicios de 2011, y está viendo lo difícil que se le hace encontrar fuera de la coalición oficialista un candidato o una candidata con predicamento, o, al menos, con alguna intención de voto. Es así que ha orientado su estrategia a encontrar ese candidato dentro mismo del agrupamiento oficial. Y Scioli estaba llamado a ocupar ese lugar.                

El proyecto está ideado en nombre de lo que Julio Bárbaro, en sus notas de opinión y su lógica recorrida por la cadena del poder, denomina “el justicialismo que se quedó en la plaza” (en alusión al recordado acto del 1° de mayo de 1974), compatible con las últimas intervenciones de Hugo Moyano, y con la formación de la agrupación “La Juan Domingo”. Y el leitmotiv es que se trata de aquellos dirigentes justicialistas que dialogan, no son “intolerantes” como la Presidenta, y profesan los buenos modales. Hasta Beatriz Sarlo, desde la ¿izquierda?, pontifica sobre los buenos modales, priorizando los supuestos temperamentos personales por sobre el rumbo emancipador de una etapa histórica. Todos sabemos que, en una etapa de fuerte disputa de hegemonía política y cultural entre el campo popular y los poderes que históricamente lo tutelaron, la apelación al diálogo, al consenso, a la tolerancia y a los buenos modales, es el recurso de los que procuran mantener el statu quo, ese que ha sido tan funcional a sus negocios e intereses. Se trata de esos sectores del PJ que, en los ochenta –por ejemplo- estaban dispuestos a consentir la autoamnistía de Bignone para los crímenes de la dictadura; o que tras la crisis de 2001 derogaron la ley de subversión económica, sancionaron la ley de “bienes culturales”, y pesificaron las deudas de Clarín, de tal modo que el grupo pudiera licuar sus altísimos pasivos.                

El episodio de la fragmentación del aguinaldo en la Provincia de Buenos Aires y la esperable intervención del gobierno nacional para resolverle el problema, así como la apelación de Scioli a prorrogar las concesiones a las empresas de juego que han financiado a la corporación política tradicional, terminan dando lugar a una respuesta magistral que aborta, con anticipación, la jugada del estáblishment para arrebatarle a Cristina un gobernador exitoso, y el único candidato, por el momento, a disputarle la presidencia. Desde la Casa Rosada le devuelven al estáblishment, para su sorpresa, un personaje devaluado, desde el momento que ni siquiera puede pagar los sueldos.                

Lo que expresa el acto de Vélez Sarsfield -como hecho proactivo- y la creación de la agrupación “La Juan Domingo” sumada a la incapacidad manifiesta de Scioli y a sus insalvables diferencias con el proyecto nacional –como hechos reactivos- van desplazando definitivamente la centralidad política de esta nueva etapa del kirchnerismo. De una primera centralidad ejercida por las estructuras del PJ y de la CGT, respecto de la cual las expresiones de kirchnerismo más genuino ocupaban una posición satelital o complementaria, pasamos a una centralidad donde este último es el que ocupa el espacio principal, y dialogará con aquellas expresiones del PJ que se ajusten a la esencia misma del proyecto nacional. De allí, y no de otro lugar, saldrá la candidata o candidato de 2015, y la estrategia que se diseñe al respecto.      

 

Publicado en La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política