El clima social de estos días me evoca la historia de una familia argentina. Uno de sus integrantes pertenece a mi generación, y ya se darán cuenta de las razones que hicieron que no se abrazara, de joven, al peronismo, como sí lo hizo el grueso de sus congéneres. Eso sí, por haber estudiado en la Universidad de La Plata de los 70, se impregnó de aquellos enormes ideales de justicia social.


Su madre se dedicó al hogar: le habían impedido cursar, más allá del sexto grado, otros estudios que no fueran de cocina y corte y confección. Su padre, un simple maestro mayor de obras egresado de la escuela industrial, sin título universitario. Ambos provenían de familias humildes y trabajadoras, agradecidos a una escuela pública cuyo Consejo de Educación les proveía, a los pobres como ellos, los cuadernos y libros de lectura. Eran argentinos de una época en que ese gusto amargo de toda pobreza, convivía con la certeza de que, a través del esfuerzo, alguna vez estarían mejor. La madre fue, a la postre, una autodidacta que hoy vive una vejez feliz. El padre, muerto ya hace algunos años, tiene grabado su nombre en bajorrelieve —como constructor— en el frente de centenares de casas sencillas, pero sólidas, de la ciudad de La Plata.
Por aquellos tiempos, algunos canalizaron esa rebeldía que toda pobreza se encarga de alimentar, en el peronismo. Otros, como nuestro modesto maestro mayor de obras, prefirieron mantenerse aferrados a los símbolos radicales. Perón había tomado mucho de la sensibilidad popular de Yrigoyen, pero como partido, los radicales antagonizaban con el peronismo. Por un lado iban la continuidad y la profundización de los contenidos sociales y el trasvasamiento de las capas más populares de un partido a otro, pero las estrategias del radicalismo como partido, iban por otro. Y así fue como muchos radicales escogieron esto último y no lo primero; entre ellos, aquel, por entonces, joven maestro mayor de obras.
El justicialismo siempre proclamó el bienestar del pueblo y la grandeza de la Nación como sus grandes objetivos; su enemigo histórico, la oligarquía y el imperialismo. Pero al mismo tiempo que proclamaba esa notable definición política, acuñó la consigna de que la doctrina justicialista era la síntesis de la patria misma, y quien no comulgara con ella, se ponía en contra de la Nación. Desde esta perspectiva, y ciertamente amenazado por espurios intereses, el peronismo fue adoptando rasgos persecutorios, no sólo de quienes representaran objetivamente a la oligarquía y el imperialismo, sino también de todos aquellos que no adscribiesen a sus filas partidarias.
En ese no-lugar político quedó atrapado aquel padre, actor de nuestra historia. ¿Qué punto de contacto, objetivo, podía tener con la ‘oligarquía’, un maestro mayor de obras que lo único que había hecho toda su vida era levantar casas de no más de dos plantas, respetando a rajatabla la dignidad de los albañiles a su cargo? No dormía, me consta, cuando tenía dificultades para pagar puntualmente una quincena. Al mismo tiempo, por no comulgar con el PJ, se lo maltrataba, se le negaba el acceso a cualquier oficina pública y le controlaban sus movimientos y sus comentarios. Dónde debía, entonces, ubicarse, frente a aquel atropello que se desprendía de una doctrina social y económica esencialmente correcta. Eso fue lo que, precisamente, arrojó a aquel simple constructor, a las garras del aglomerado político que coronó el golpe de 1955. Muchos, que no eran gorilas por casta social, ni por poder económico fueron empujados al gorilismo innecesariamente, como resultado de una división falaz de la Argentina.
Una sociedad tan dividida, que lo que algunos odiaban otros idolatraban. Evita, por ejemplo, vilipendiada por algunos porque distribuía bienes de consumo entre los pobres, era amada por estos, precisamente, por permitirles acceder a una realidad que no habían conocido. Mientras algunos odiaban a Perón por haber modificado los textos de lectura en las escuelas, él lo reivindicaba por cuanto introducía en la doctrina nacional a las nuevas generaciones.
Cada vez que aquel padre le narraba a su hijo capítulos de nuestra historia, le hablaba de los jefes de manzana, pero nunca del bombardeo a la Plaza de Mayo; le contó que habían cerrado el diario La Prensa, pero jamás le mencionó los fusilamientos de junio de 1956; le detallaba la persecución de los no peronistas, pero no la igual o peor persecución, luego del golpe, de todo aquello que recordara a Perón. Y mientras tanto, el país se dividía no por ideologías, sino por el encono. No por el mayor o menor apego a la libertad —como se decía— sino para implantar el proyecto del liberalismo económico. A grandes rasgos, todos los de arriba quedaron de un lado, y todos los de abajo quedaron del otro. Pero una franja grande de la clase media, que debió haber ayudado a engrosar el bloque de poder que resistiese a la oligarquía, por errores propios y ajenos, terminó siéndole funcional.

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Muchos años, mucho desconsuelo, mucha violencia y mucha muerte nos costó atemperar los efectos de aquella partición de la sociedad. Luego devinieron muchos episodios, alentadores algunos, trágicos muchos otros. Y en el fondo, la tarea pendiente de fortalecer ese bloque de poder, que, aún con matices y diferencias, aislase aquel proyecto siempre latente de los más poderosos. Estos fueron cambiando de formas, se fueron explayando o agazapando con los distintos momentos políticos, pero no sólo no fueron derrotados, sino que reaparecieron en cada golpe de estado, y aún al calor de gobiernos constitucionales.
Hoy, otros medios de comunicación juegan el mismo papel que el diario La Prensa desempeñó en aquel momento. Sectores de la conducción de la Iglesia Católica ponen también sus intereses al servicio del desgaste del presente gobierno. La Sociedad Rural sigue en su línea histórica: cómplices de los 90, y sin saber siquiera la ubicación de sus latifundios, liquida puntualmente los beneficios financieros de sus exportaciones. Detrás de ellos, también, sectores militares y civiles, desesperados por detener el esclarecimiento sobre el terrorismo de Estado. Hoy, el poder relativo de las fuerzas armadas es mucho menor que el de entonces. Entonces, solían comandar políticamente la Nación; hoy, una parte importante de ellas procura integrarse a la institucionalidad, y a los totalitarios aún les queda poder para mantener desaparecido a un testigo de las causas por los derechos humanos, y asesinar a un cómplice de la represión para callar su testimonio. Pero no están en condiciones de estructurar y conducir un proyecto político de nivel nacional, como lo hicieran, cada uno en su tiempo, el almirante Rojas o el general Videla.
Ninguno de estos actores políticos conserva, gracias a tantos años de luchas y padecimientos, apoyos masivos. Precisamente por eso, las fuerzas populares no debemos permitir que lo obtengan a partir de nuestras propias equivocaciones. Sería imperdonable que los productores agrupados en organizaciones de larga tradición democrática, terminen actuando, sin querer, como el soporte militante que la oligarquía no tiene.

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Por estos días, muchos pequeños y esforzados productores encarnaron ese soporte social, adhiriendo espontánea y entendiblemente al denominado paro del campo, en pos de medidas y cambios en las políticas oficiales, más que justificadas. Sin embargo, un eventual triunfo político de la protesta no serviría, objetivamente, a sus intereses, sino a los de los grupos latifundistas y financieros, que aportaron a ese paro el diseño estratégico. Y es en este contexto que no pude menos que recordar a aquel viejo constructor, ya fallecido. Mientras veía a algunos estudiantes que salieron a la calle espontáneamente, en respaldo de una protesta cuyos pormenores ni siquiera conocen, pensé que, de prevalecer los intereses de quienes la organizaron en las sombras (no de los productores que la militaron), el presupuesto educativo volvería a retroceder. Es decir, una reedición de la imperdonable división artificial de nuestra sociedad, que, de profundizarse, podría volver a retrasar en años la construcción de un bloque de poder popular. Una división, una vez más, guiada por identificaciones simbólicas más que por intereses objetivos.
Pero, ¡cuidado! También es cierto lo que muchos de esos manifestantes urbanos plantean, o al menos intuyen. No se trata tanto de repudiar la retención en sí misma, como su destino corrupto y arbitrario. No es sólo que se eleva la tasa de inflación, sino la sensación de estafa que se siente cada vez que se manipula un indicador. Y son esos desaciertos políticos, lo que está a punto de volver a arrojar a algunos sectores medios no oligárquicos, hacia un frente común con la oligarquía. Desaciertos políticos equivalentes a las patadas que le daban en las comisarías a aquel viejo constructor, y que terminaron, injustamente, evitablemente, poniéndolo al servicio de aquella restauración oligárquica de 1955, y de la cual, por lo visto, aún no nos hemos repuesto. Y a la cual, tanto ayer como hoy, paradójicamente, un puñado de radicales barniza con una pátina de discurso democrático.

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A diferencia de aquellas y aquellos dirigentes que instaban a la ciudad a unirse al campo, el primer impacto que sentí las otras noches al ver a sectores urbanos apoyar algo que ni siquiera conocían a fondo, fue de desconcierto. Más tarde comencé a darme cuenta de que hay una parte importante de nuestra historia que estaba dormida, pero no superada. Y que determinados hechos la despiertan y la ponen en acto, como expresión de aquel inconsciente colectivo de fractura social aún no saldado.
Para algunos, la puesta en acto de aquel inconsciente social es la reencarnación de Perón y Evita. Por momentos, parecería que algunos dirigentes necesitan cerrar un ciclo histórico que quedó trunco en los 50, al frustrarse la candidatura de Eva Perón a la vicepresidencia, con su renunciamiento histórico del 31 de agosto de 1951, ante la CGT. De allí también, quizás, la necesidad de apelar a actos sindicales masivos como aquellos, o de recurrir a una nueva versión de los viejos cabecita negra, como fuerza de choque contra la ‘puta oligarquía’. Para otros, la puesta en acto de aquel antiguo inconsciente dormido, es seguir odiando a Eva.
Para mí, en cambio, el gran desafío de la Argentina es construir una gran fuerza social que re-vincule a los sectores populares con las capas medias. Pero para eso nadie debe creerse, una vez más, dueño de la doctrina de la Nación.
La Argentina está en condiciones de dar un inmenso salto de calidad en su sistema político. En ese sentido, las ideologías no han muerto. Adecuadas a un nuevo contexto histórico, son más imprescindibles que nunca. Son ellas, como sucede en los países más estables y desarrollados, las que deben configurar los matices políticos, y no el rencor. De lo que se trata es de construir una nueva bipolaridad política. Un polo se aferrará a endurecer la represión más que a las políticas preventivas para atacar el delito, rechazará la libre elección en materia de orientación sexual, descreerá de las políticas públicas como inductoras del proceso económico, y creerá que un mayor acercamiento con los EE.UU. es la política exterior más conveniente. El otro polo, en cambio, considerará a la inclusión social como la fuente de toda acción contra la inseguridad, no verá a la pobreza como un hecho natural sino como resultante de una disputa de intereses políticos y económicos en la que el Estado tiene un papel fundamental en resguardo y promoción de los más necesitados, y bregará por los mayores niveles posibles de autonomía e integración regional en política exterior. Pero ambos, mirando hacia adelante, desde sus respectivas visiones ideológicas, pero dando por incorporados a aquellos grandes valores que fundaron, construyeron y desarrollaron a la Argentina en los siglos XIX y XX.
El 25 de Mayo y la bandera nacional son de todos, y no de un partido político belgranista. La Constitución es de todos, y no de un partido alberdiano. La educación pública fue de todos, y no de un partido sarmientino. El voto secreto y obligatorio es de todos, y no de un partido yrigoyenista. La justicia social y la inclusión de los trabajadores en las grandes decisiones políticas, son de todos, y no sólo del partido peronista. Nuestro mejor aporte está en consolidar esos valores como patrimonio cultural de la Argentina, y no volverlos a comprimir en categorías partidarias del pasado. Desde ya que la oligarquía buscará formar su nuevo partido del orden, pero, esta vez, se enfrentará con un bloque democrático dispuesto a procesar sus diferencias con dureza, pero sin esa grieta histórica que enfrenta a los pobres del conurbano con los pequeños chacareros, como alguna vez los enfrentó con aquel sencillo hacedor de casas de La Plata.
A diferencia de crisis anteriores, que siempre estuvieron precedidas por la caída estrepitosa de la economía, los indicadores económicos ponen a nuestro país, y a la región, en una inmejorable situación para hacer de la prosperidad, una oportunidad histórica, y al debate sobre cómo distribuir las responsabilidades y los beneficios de esa prosperidad, en una Política de Estado. Pido disculpas si esta historia fue algo tediosa. Aquel viejo constructor, era mi padre.