El mundo desarrollado hizo pagar el precio de su desarrollo a los países dependientes y periféricos, y por eso nosotros llegamos a crisis similares con antelación. Más que causarnos perplejidad el resultado del referéndum británico, lo raro hubiera sido que el deterioro no repercutiera en la estructura política europea. El desenfreno por la acumulación financiera de las élites de poder hace que hoy la crisis repercuta en las periferias del centro. De aquí la necesidad de recrear líneas claras de acción, dotadas de mucha firmeza, como lo es fortalecer el vínculo con aquellos bloques políticos que reniegan de este modelo de enajenación de la política en favor de los mercados financieros.

 Por Carlos Raimundi*

(para La [email protected] Eñe)

En la Europa de posguerra confluyeron dos factores para ayudar a su veloz reconstrucción. La enorme inyección de dólares del Plan Marshall, y la coincidencia en el tiempo de varios líderes nacionales con gran visión estratégica. Aquella Europa occidental que legó algunos valores a América Latina, supo tomar decisiones trascendentales. En primer lugar, no volver a ser teatro de operaciones de una guerra. Tampoco estuvo dispuesta a carecer nuevamente de alimentos, a partir de lo cual instauró su política agropecuaria común (PAC), el subsidio de productores y productos propios que todavía padecemos como traba a nuestras exportaciones. Desarrollarían, además, democracias liberales con sentido social. Y explotarían sus principales recursos con un criterio de unidad, del cual surgieron sus primeros acuerdos sobre el carbón, el acero y la energía nuclear, como prolegómeno del Mercado Común que crearían pocos años después.

Aun cuando alternaran gobiernos conservadores, la filosofía central de aquella integración tenía un claro sesgo socialdemócrata. No con el perfil liberal que luego le dieran dirigentes como Felipe González, Tony Blair, o François Hollande, sino con la impronta de una fuerte cercanía con las causas del Sur subdesarrollado de Olof Palme y Willy Brandt. Aquel modelo de integración era republicano en el mejor sentido de la palabra, ya que contaba con un órgano ejecutivo, un parlamento regional y una corte de justicia. Pero, al mismo tiempo, convirtió a aquella Unión Europea en un territorio de cohesión social.

El problema surgió cuando, en la década de los 90 –la del mundo unipolar y el Consenso de Washington- los nuevos líderes europeos pasaron de aquel capitalismo productivo con contenido social, al esquema financiero impuesto por los grandes conglomerados de poder. Así, bajo la pantalla de dar un paso adelante, decidieron crear el euro como moneda común. Pero para ello, exigieron a sus integrantes el estricto cumplimiento de tres metas claramente financieras. Esto es, que no sobrepasaran un determinado nivel de endeudamiento, inflación y déficit fiscal.

La decisión de imponer metas estrictamente fiscales a países con un grado muy disímil de desarrollo, productividad laboral y estándar tecnológico –como Alemania y Francia en detrimento de la periferia de Europa- hizo que para cumplirlas, países rezagados como España, Grecia o Portugal, se vieran obligados a recurrir al ajuste social y un posterior endeudamiento. Lo que, lejos de convertir a la nueva moneda en un factor de mayor integración, amplió la brecha entre ambos segmentos de países. Europa renunció a su rostro social para convertirse en una plaza central del capitalismo financiero, con su consecuente estancamiento productivo y ampliación de la pobreza.

Hasta principios de este siglo, a cualquier europeo que le preguntaran si deseaba salir de la Unión, hubiera respondido con un no rotundo, porque esa pertenencia le mejoraba la vida; se había elevado el intercambio comercial, había barrido las fronteras migratorias, protegía la producción, y mantenía la tradición de sindicatos fuertes, que discutían a la alza salarios y condiciones de trabajo. Pero, a partir de que lo financiero apartara a lo productivo, aquella vieja cohesión social comenzó a desplomarse.

El modelo productivo siempre fue acompañado de altas tasas de crecimiento, mientras que al modelo financiero siempre le siguen la caída de la actividad y la pobreza, y sólo beneficia a la pequeñas élites. Un ejemplo de esto es que convivan en España dos de los bancos que más facturan en el mundo o la liga de fútbol más poderosa, con el récord europeo de desempleo juvenil y de suicidios ante las ejecuciones hipotecarias.

Al mismo tiempo, es necesario señalar que aquel desarrollo social de Europa pudo ser financiado, entre otros, por sus colonias en África y Medio Oriente, las que luego comenzaron a devolverle ese maltrato histórico con grandes contingentes de inmigrantes. Es así que la pertenencia a la Unión, hoy no implica para la vida del europeo medio los mismos beneficios que tuvo durante los momentos de gloria.

El mundo desarrollado siempre hizo pagar el precio de su desarrollo a los países dependientes y periféricos, y por eso nosotros llegamos a crisis similares con antelación. Pero ha sido tal el desenfreno por la acumulación financiera de las élites de poder, que hoy la crisis no perjudica únicamente a las áreas tradicionalmente periféricas, sino que también carcome a las periferias del centro. Esto es, a muchos segmentos sociales de Europa y de los propios Estados Unidos.

Por eso, más que causarnos perplejidad el resultado del referéndum británico, lo raro hubiera sido que todo este deterioro no repercutiera en la estructura política europea. Es por eso que crecen opciones de ultraderecha en varios países y también la renuncia a creer en la política como herramienta eficaz para administrar los recursos públicos.

Los emergentes de este proceso se expresan en distintos planos. La reservada negociación por parte de las grandes multinacionales de los tres tratados de desregulación –el Tras Pacífico de Libre Comercio, el Transatlántico de Libre Comercio y el Tratado Internacional de Desregulación de Servicios- para imponer a los Estado sus propias cláusulas de desregulación absoluta, son expresión de esa misma antipolítica. Otras surgen desde el propio campo electoral, como Donald Trump en los Estados Unidos. La caótica situación del sistema político brasileño, la imposición de un ajuste brutal al modelo educativo en México, la elección presidencial entre dos opciones neoliberales en Perú, el nuevo gobierno argentino, la desestabilización en Venezuela, son expresiones de esta etapa.

De aquí la necesidad de recrear líneas claras de acción, dotadas de mucha firmeza, como lo es fortalecer el vínculo con aquellos bloques políticos que reniegan de este modelo de enajenación de la política en favor de los mercados financieros. Los que en Naciones Unidas han votado contra la intervención militar en Siria y por reconocer al Estado Palestino; los que hacen acuerdos de inversión con nuestros países para financiar obras de infraestructura, centrales hidroeléctricas o termonucleares, sin imponer condiciones políticas como lo hace el FMI; los que, como el G-77 más China, apoyaron los principios de pago soberano de las deudas de los Estados.

Por aquí pasa el horizonte de salida. Una salida que recoja la reacción de los pueblos contra un orden establecido que no les da respuesta, pero que al mismo tiempo no alimente salidas que puedan desembocar en opciones xenófobas y totalitarias. Ante la desmesura de un modelo que acumula divisas en términos virtuales (porque en términos reales no alcanzaría el tiempo material para contarlas en billetes de 100 dólares), tenemos como faro la memoria reciente de los procesos populares en nuestra región. Debemos relanzarlos habiendo aprendido la lección sobre algunas decisiones que no se tomaron con la intensidad que se requería. Y tenemos la referencia del Papa Francisco, que cada vez que está ante una opción política decide tomar por el camino correcto, llámese Irán, refugiados, Palestina, Malvinas o el hambre en el mundo. Como contracara del nihilismo, la locura y el desenfreno, él plantea una opción ética muy simple, clara y contundente, pero a la vez sensible a lo que los pueblos están sufriendo. Y la sintetiza en tres palabras: Tierra, Techo y Trabajo.

Buenos Aires. 3 de julio de 2016

*Secretario General Solidaridad e Igualdad, FpV. Ex Diputado Nacional