A menudo, hablar ligeramente del Medio Oriente o del mundo islámico, constituye, en primer lugar, una generalización inapropiada. Y en segundo lugar, referirse a una visión muy particular de Oriente, creada y sesgada por la lente y los prejuicios de Occidente.

Desde esa construcción, el Islam es visto como una doctrina del atraso, una religión de la guerra, cuya premisa es amenazar a Occidente. Sin embargo, en la Alta Edad Media, los califatos de Córdoba y Bagdad eran considerados por una Europa silenciada culturalmente por el oscurantismo clerical, como centros de pensamiento intelectual y científico. Durante los primeros siglos del Islam (siglos VII al XII), el mundo musulmán fue más dinámico que las sociedades cristianas. Mientras en Europa se explicaban los fenómenos naturales por la presencia divina o satánica y la Iglesia repudiaba el valor científico de la medicina, Razhes, muerto en 925, avanzó en la aplicación medicinal de la química creando los primeros remedios mediante el procesamiento de sustancias naturales, y en Isfabán, Avicena –llamado “el príncipe de los médicos, trataba sobre enfermedades como el sarampión y la viruela. Averroes, además de médico, y de sus conocimientos en matemática, física y astronomía, teología y derecho, es autor de un profundo comentario sobre Aristóteles. Y en álgebra, los musulmanes inventan el “cero” en el año 873, introduciendo una contribución fundamental a la matemática que conocemos.

 

El propio Max Weber, en su “Sociología de la Religión”, enumera tres elementos como fuente de lo que denomina ‘el estancamiento islámico’, a saber: ausencia de propiedad privada (aunque el Corán la reconoce), esclavitud y gobierno despótico. Elementos que también es necesario analizar desde la propia significación que adquirieron para la civilización islámica –para la cual el Corán establece varias formas de propiedad, incluso la privada ´Mulk´, el eunuco podía alcanzar la máxima jerarquía militar y el modo de vida de Mahoma constituía el modelo perfecto a seguir- y no simplemente desde la perspectiva eurocéntrica.

Seis décadas más tarde, Michel Foucault condena implícitamente al orientalismo como aquella corriente que denigra al mundo islámico, degradándolo a la pura irracionalidad, atraso, resentimiento y violencia. Lo denuncia en el marco de la hegemonía cultural europea-estadounidense que también desprecia al negro y al amarillo.

Más acá en la historia de la cultura, Samir Amin nos llama a interpretar el proceso mundial desde un enfoque que otorgue su lugar a todas las civilizaciones en su tiempo histórico, y no analizando desde una visión parcial, generalizadora, simplificadora y estereotipada, que niegue los aportes respectivos de cada una1. Por ello, una primera conclusión debe ser no identificar el Islam con el fundamentalismo islámico. Ante las convulsiones presentes en las sociedades islámicas, el fundamentalismo busca legitimarse haciendo un llamado a la religión primitiva, apuntando a una interpretación literal del Corán que niega las bid´at, o innovaciones incorporadas al Mensaje original tendientes a una mayor apertura. Sólo de esta manera se evitará su exacerbación, y la incentivación de un caldo de cultivo que le permita ganar adeptos entre las diversas comunidades musulmanas, a raíz del resentimiento de éstas frente a la provocación de occidente.

En suma, así como Ernest Renan considera a la religión musulmana como el principal freno a la cultura, en contraposición a él, Edward Said sostiene que Oriente es una invención europea en busca de justificar su despliegue colonialista en Medio Oriente. El concepto de ‘Oriente’ fue acuñado, no sólo para describir la cultura de esa región del mundo, sino más bien para crear una figura de dominación con la cual defenderse de él.2 Para Ali S. Asani, “el Islam acusa a Occidente de sus problemas, Occidente culpa al Islam por su odio, un círculo vicioso”3.

La obra del recientemente fallecido Edward Said ya se ha tornado un clásico. Este autor sostiene que el término orientalismo se relaciona con el sentido de los textos e instituciones propios del poder hegemónico de los europeos y estadounidenses, para luego afirmar, lisa y llanamente, que “el orientalismo es un estilo occidental de dominación sobre el Oriente”.4

En el mismo sentido, Javier Galindo Ulloa afirma que “el orientalismo adquiere una visión política de la realidad, porque se acentúa la diferencia entre lo que es familiar (Europa, Occidente, ‘nosotros’) y lo que es extraño (Oriente, ‘ellos’)” (...) “al oriental se lo ve, primero, como oriental, y luego como ser humano”.5 La lectura del oriental se construye, pues, a partir de las ideas sobre el mundo propias de Occidente, y se lo condena por no estar hecho a imagen y semejanza de Europa.

Oriente ha sido una zona de la imaginación occidental para justificar sus abusos. Si la designación del otro es indispensable para conformar la identidad propia, Oriente ha sido cincelado pacientemente por los occidentales para erigir su propia cultura. Si el denuesto del otro es indispensable para legitimar el sometimiento de aquel a quien se caracteriza como inferior, los intelectuales occidentales han prestado sus servicios a la empresa de la dominación”6.

La tesis central de Said es que, a causa del orientalismo, Oriente no es un tema sobre el que pueda tenerse libertad de pensamiento, puesto que se nos da ya definido. La relación entre Oriente y Occidente es una relación de poder, en la que el primero se subordina al segundo, y este emite la noción colectiva del ‘nosotros’ contra todos aquellos no-europeos. Los dos grandes imperios, el británico y el francés, fueron, unas veces aliados, otras rivales, pero compartieron el poder intelectual de eso que Said denomina orientalismo, como proceso de dominación. Se destaca la superioridad de Europa, por medio de una operación binaria: dos mundos, dos estilos, dos culturas, de modo de levantar entre ambos un nuevo muro infranqueable (y van...), como antesala de la dominación. De un lado están los occidentales, que son racionales, pacíficos, liberales, lógicos, y por otro los orientales, que no poseen ninguno de esos valores. En medio de lo que Harold W. Glidden denomina “esta cultura de la deshonra”, el propio Islam se ve obligado a convertir “la venganza en una virtud”7.

El mismo nivel de simplificación lo encontramos en Huntington, cuando sugiere que “si queremos entender cualquier cosa importante sobre cualquier país de mayoría musulmana, en cualquier período de su historia, debemos remitirnos al Corán”. Pretender que ese libro sagrado exprese la realidad actual de 1.500 millones de musulmanes, sería equivalente a explicar cada excelsitud de la civilización judeo-cristiana, como la Mona Lisa de Da Vinci, las Meninas de Velásquez o la penicilina, o cada una de sus lacras como el nazismo o la bomba nuclear, únicamente con la Biblia bajo el brazo.

En las antípodas de Said, Ian Buruma y Avishai Margalit, denuncian a los países musulmanes del Medio Oriente como los creadores del “occidentalismo”, relato que retrata a Occidente como “un mundo prostituido por el culto a las mercancías y la devoción por el individuo, un inmenso mercado de banalidades, degradación moral y ateísmo. Un mundo que debe ser derrotado si el hombre quiere conservar el alma”8.

Sin ver al otro como es, o por lo menos entender su propia manera de pensarse, estaremos condenados a vivir en la violencia permanente. Por eso, declaraciones como las formuladas por el Papa Benedicto XVI en septiembre de 2006, no hacen otra cosa que reforzar este resentimiento de siglos9. Lo mismo podríamos decir del presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, cuando en diciembre de 2005 planteó que el Estado de Israel es una mancha ignominiosa que merecería ser borrada del mapa y calificó al Holocausto como un mito. La irascibilidad de este tipo de declaraciones debe ser ponderada ecuánimemente. Una cosa es afirmar que el orientalismo es una construcción intencionada de occidente, y muy otra sería repudiar sólo a occidente en casos como estos. De ser así, daríamos por sentada su supremacía intelectual, confirmando con esa actitud los mismos hechos que denunciamos.

Un caso testigo sobre las relaciones problemáticas entre culturas lo constituye el debate sobre la prohibición del uso del chador —velo con que se cubre la cabeza y parte del rostro— por parte de las alumnas de origen musulmán en las escuelas públicas francesas. Quienes defienden la prohibición, argumentan que el chador es un signo de discriminación de género, y que, por lo tanto, un estado democrático como el francés no debería permitirlo, en defensa de la igualdad de trato entre los sexos. Desde el momento en que se encuentran inmersas en esa cultura, las mujeres estudiantes musulmanas no hacen reclamo alguno, pero eso no las aparta de su condición de víctimas de la discriminación: las víctimas no se visualizan a sí mismas como tales. Desde este punto de vista, revelarles dicha supuesta condición es una de las funciones del sistema educativo.

Quienes critican la prohibición, en cambio, sostienen que el Estado no debe restringir prácticas culturales propias de la organización social musulmana. En este caso, la prohibición sería una injerencia en sus tradiciones y una vejación de la identidad, campos sobre los cuales el Estado francés no debería intervenir.

En definitiva, lo que respecta al velo no es una cuestión jurídica sino más bien una costumbre social. Su punto negativo obedece a que grupos radicales lo utilizan como arma política, desde el momento que lo consideran como una obligación impuesta por el Islam. Pero es un grave error identificar a toda la comunidad musulmana con algunos comportamientos de los grupos extremistas o fundamentalistas10. Es así que un régimen como el de Saddam Hussein también fuese condenable severamente por su autoritarismo, desde el punto de vista islámico planteado en el siglo XII por Averroes, en sus ‘Comentarios a las obras de Aristóteles’. Volviendo a Ali Asan, “lo que estamos presenciando no es tanto un choque de civilizaciones sino un choque de ignorancias, ignorancias que día tras día cobran una víctima más”11.

Es así que un término como la Yihad, por ejemplo, no debería reducirse solamente a las bombas suicidas. En términos estrictamente religiosos, Yihad posee una triple significación. En primer término es un combate interno, marcado por el esfuerzo personal por dominar las propias debilidades y defectos, ‘las fuerzas negativas’. En segundo término es la defensa de la comunidad contra la injusticia y los malos gobiernos. Y en tercer término, es la Guerra Santa para defender al Islam. Limitar la Yihad a la mera violencia irracional es un reduccionismo. Para la gran mayoría de los musulmanes, la lucha contra las fuerzas del mal que anidan en uno mismo está en un nivel superior al de la lucha política.

En los países islámicos, la religión tiene primacía en la configuración de sus sociedades, a diferencia del sistema de pensamiento racionalista y secular del Occidente europeo y americano, basado en las obras de Platón y Aristóteles en la Grecia clásica hasta la Ilustración europea de Descartes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Kant y Hegel, pasando por Maquiavelo y Hobbes. Es más, para muchas escuelas encargadas de difundir el dogma de la religión islámica, el pensamiento racional utilizado por la filosofía de occidente inclinaba la mente humana hacia el ateísmo, lo que inhibía toda posibilidad de encuentro. En el mundo islámico se observa una integración tal entre lo religioso y lo político, que lo aleja de la noción de secularidad propia del Estado moderno de Occidente. Por el contrario, es el Estado quien controla las mezquitas, y, a diferencia de la frase bíblica “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, Mahoma combinó en su misma persona la revelación divina, lo que lo convirtió en Profeta, con funciones políticas y militares.

Los musulmanes –según la “Historia de los Árabes” de Albert Hourani- trataban de subordinar todos los actos humanos al juicio de la religión”12, y a partir de ello confeccionar un sistema ideal de conducta. Y si bien “con el advenimiento de los abasíes, a mediados del siglo II islámico (siglo VIII d.C.), la situación cambió a partir de la formación de nuevos Estados, habilitados para dirimir los conflictos sociales desde una autoridad política más centralizada. De todos modos, estos procesos nunca salieron de las normas basadas en la enseñanza del Islam para situarse en una centralidad burocrático-administrativa al estilo weberiano. Mahoma, profeta y predicador de la religión, fue también fundador del Estado, y la mezquita, desde sus primeros tiempos, no fue solamente el espacio para la oración, sino también para la toma de decisiones políticas.

Debido a que en las sociedades musulmanas la religión y la política están estrechamente ligadas, no es posible precisar con exactitud dónde termina lo temporal y dónde principia lo espiritual”, dice el investigador del Islam Julios Wellhausen13. En el mismo sentido, Zidane Zeraoui reafirma en su obra “Islam y política” que “El socialismo árabe se define en relación con el Islam. La religión se considera como la matriz que lo engendra”.14

Un año después de la Batalla del Camello (año 656), la Batalla de Siffin, que duró hora y media, fue librada entre Ali y Mu’awiya. Esta contienda representa la segunda gran confrontación entre musulmanes y da lugar a la aparición de los grupos más importantes de esta primera etapa del Islam: la Shi’a y el Kharijismo. Entre los principios básicos del Shi’ismo —cuya mayor expansión se iniciará a partir del siglo X— se encuentra la unificación del carisma y el liderazgo en una sola persona, lo que podría traducirse en la ya mencionada identificación entre lo religioso y lo político. Para los shi’itas, el iman retornará al final de los tiempos, para reordenar el mundo y restablecer la justicia. Entretanto, la sucesión del Califa debe ser hereditaria y sólo entre los descendientes del Profeta Mahoma, que siguieran la línea de Alí. Los kharijitas, en cambio, sostenían que el liderazgo y el carisma residían en la comunidad, y no en una persona, por lo cual luchaban en pos de una comunidad pura y santa, y excluían de ella a quienes pecaran gravemente. Entre estas dos posiciones, representadas por la Shi’a y por el Kharijismo, surgió más tarde la escuela de la Murji’a, portando una visión intermedia y una actitud de alguna manera conciliadora. Los sunnitas, por su parte, no atribuyen al iman todas las cualidades sobrehumanas que los shi’itas sí le reconocen. Otra diferencia reside en que los sunnitas no creen en la facultad de Dios para revocar sus decretos o decisiones. Actualmente, los shi’itas constituyen entre el 15 y el 17 % de todos los musulmanes del mundo, y el restante 83 – 85 % son sunnitas.

Con el correr de los siglos, muchos movimientos políticos adoptaron ciertos modos de organización propios de las formaciones marxistas surgidas en Occidente, pero, esencialmente, lo que podríamos denominar la sociedad civil musulmana nunca dejó de ser débil frente a la autoridad del Estado, entendido desde la perspectiva profunda y centralmente religiosa descripta anteriormente. Para Ernest Gellner, los conflictos políticos registrados bajo el aparato estatal de las comunidades islámicas, “aún cuando nominalmente ideológicos, son en general una cuestión de rivalidad entre redes de padrinazgos”, a menudo de base regional, o casi comunal. En contraste con otras partes del mundo, “la religión en Medio Oriente ha conservado o aumentado su capacidad de obrar como catalizador político. La secularización es un fenómeno especialmente notable por su ausencia. La política es con frecuencia fundamentalista. Una religión vigorosa, un Estado fuerte, una sociedad civil débil y la frágil asabiyya o asabîya (revalorización de las antiguas costumbres, de los viejos modos de hacer política) de un patrocinio de parentesco, casi territorial, esa parece ser la herencia recibida del pasado”.15 La asabîya es, precisamente, aquel principio de solidaridad al interior de la religión, según el cual el hombre está llamado a actuar en defensa de los demás miembros de la tribu, de sus aliados, de sus protegidos y de sus huéspedes; y todo ello al margen de la justicia o injusticia de los actos que la causaren.

Es por estas razones que el interrogante que Emanuel Pfoh se formula en su trabajo “¿Es posible la democracia occidental en Medio Oriente?”, encuentra, en la conclusión de su propio autor, una respuesta que “se torna explícitamente negativa”16.

Desgraciadamente, el período actual está caracterizado por la reislamización de muchos pueblos árabes y la exacerbación del fundamentalismo islámico, sobre todo a partir de la irresolución de la cuestión palestina, y más tarde las invasiones a Afganistán e Irak. Otro agravante del problema es el doble estándar que utilizan algunos países desarrollados, a instancias de los EE.UU., para medir los comportamientos de los actores regionales. Así, se amenaza a Irán para que deje de producir uranio, pero no a Israel para que desactive sus bombas nucleares. O se acude al Consejo de Seguridad a raíz de las ocupaciones de Siria en Líbano, Irak en Kuwait, Libia en el Chad, Sudán en Darfur, pero no así cuando Israel ocupa territorios palestinos desde hace más de cuatro décadas.

Zidane Zeraoui, en la Introducción al libro “Sobre Medio Oriente”, afirma que “este resentimiento árabe e islámico se refuerza cuando se publicaron las caricaturas de Mahoma en un periódico danés y que la prensa occidental retomó en nombre de la libertad de expresión, aunque al mismo tiempo se encarcela a un escritor austríaco porque negó el holocausto” (...) “Estas actitudes son las que han llevado al mundo islámico a preguntarse por qué la libertad de expresión se utiliza cuando se trata de ridiculizar al profeta Mahoma, pero no cuando el blanco es la población judía.”17 Ello reafirma, en Medio Oriente mismo, el sentimiento de que occidente apaña a Israel, mientras tanto mantiene una actitud hostil hacia el Islam.

Más allá de la valoración que se haga de cada una de estas afirmaciones en específico, y sin perjuicio de la posición que cada uno adopte ante el conflicto de Medio Oriente, lo que estos procedimientos están demostrando es la manifiesta negación por parte del poder occidental a interpretar el sentimiento más profundo de las comunidades islámicas desde la perspectiva del respeto por su historia, su identidad y su cultura.

Breve pantallazo de la historia político-militar entre Occidente y el Islam

El primer tratado firmado entre el Islam y Occidente es el Tratado de Carlowitz, en 1699: es la primera vez en su historia que el Imperio Otomano pone su atención en la organización militar occidental. En 1774, el Imperio es derrotado en Crimea a manos de los rusos, y, a excepción de la incursión de Napoleón en Egipto en 1798 y su posterior expulsión por parte de Lord Nelson, todas las acciones violentas contra el Imperio Otomano fueron hechas por Rusia, hasta la conquista de Moldavia en 1807. Llegamos así a la Primera Guerra Mundial, cuando el Imperio Otomano se plegó a la Alianza conformada por Alemania, Italia y Austria, y fue derrotado (¿?) en Gallipoli, en 1915. Más tarde, el coronel T. E. Lawrence (“Lawrence de Arabia”) apresuró la sublevación de los árabes contra los turcos otomanos. Como consecuencia del debilitamiento del Imperio, Kemal Ataturk, el primer presidente de Turquía, abolió el sultanato y renunció a la idea imperial, hasta que finalmente cae en 1924.

Excede el propósito de este trabajo detallar la historia reciente del conflicto árabe-israelí. No obstante, trataré de señalar sólo aquellos puntos nodales que necesariamente deberían atenderse si se busca, por una parte, comprenderlo, y, además, sugerir alguna línea de trabajo en pos de su atenuación.

En 1908 comenzó a funcionar el primer pozo de petróleo de Medio Oriente. La importancia de la riqueza petrolera de la región es advertida con intensidad por las potencias europeas a partir del proceso que llevó a la Primera Guerra Mundial. Es así que el Pacto de la Sociedad de las Naciones contenido en el Tratado de Versalles de 1919, estableció un preciso Sistema de Mandatos sobre los países y pueblos árabes de la región, que hasta ese momento permanecía bajo el dominio del Imperio Otomano, aliado de Alemania. La Primera Guerra Mundial modifica el mapa político de Medio Oriente, y configura un nuevo sistema, entre cuyas consecuencias se destaca la internacionalización del conflicto árabe-israelí.

El episodio conocido como la ‘Revuelta Árabe’ contra los turcos otomanos se había iniciado en 1916 bajo el mando de Husayn, jerife de La Meca, quien sería más tarde reemplazado en ese rol por uno de sus hijos, el príncipe Faysal. Faysal se asentó en Damasco, capital de Siria, y desde allí intentó conformar en la península arábiga un gran estado árabe, con la anuencia del General Lawrence, enviado del gobierno francés. La iniciativa chocó contra el acuerdo secreto entre Francia e Inglaterra, el Pacto Sykes-Picot18, que dividiría los dominios turcos sobre el Medio Oriente en dos esferas de influencia. El general Lawrence hizo todos los esfuerzos para que Faysal concurriera en representación de Siria a la Conferencia de Paz que se iniciaría en París, en 1919, e incluso forzó una reunión de éste con el primer ministro francés Georges Clemenceau, pero la prioridad estratégica que significaba para Francia el dominio de la región hizo fracasar la encomiable aspiración de Lawrence y Faysal.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, y pese a ciertos reparos del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, Gran Bretaña y Francia influyeron de manera decisiva en el rediseño del mapa europeo, y actuaron fuertemente no sólo sobre Alemania, sino también sobre el Imperio Otomano y los territorios de la península arábiga. En ambos casos —Europa y Oriente Medio— crearon nuevos Estados, que expresaron formas jurídico-políticas muy diferentes de las identidades históricas, culturales y sociales de los respectivos pobladores de esos territorios. Tales los casos de Yugoslavia y Checoslovaquia en Europa, o del reino de Irak y el emirato de Transjordania, del que Abdullah, hijo de Hussein y lúcido estadista de la dinastía hachemita, sería el monarca. Así, el Imperio Británico, sin herir los intereses de Francia ni del movimiento sionista, se aseguraría el control de la ruta hacia la India, que era todavía un actor privilegiado de su desarrollo imperial.

En 1920, el general francés Henri Gouraud proclamó el nacimiento del Líbano, como expresión de la afinidad histórica, la proximidad cultural y los estrechos intereses económicos que ligaban a Francia con los cristianos maronitas. No obstante, su independencia formal debió esperar hasta el 22 de noviembre de 1943, y recién el 31 de diciembre de 1946 se retiró del país el último soldado extranjero.

La Segunda Guerra Mundial no impactó en el mundo árabe desde el punto de vista militar, pero sí en la recuperación del manejo de sus territorios, y finalmente, el reconocimiento del Estado de Israel por la mayor parte de la comunidad internacional.

La etapa de la Guerra Fría está marcada por el apoyo de la entonces Unión Soviética a los movimientos de liberación anticolonialista, y también a proyectos como la represa de Assuan, en Egipto, hasta que, a posteriori de la caída del Muro de Berlín, la debilitada Unión Soviética de Mijail Gorvachov apoya, en 1990, la resolución de la ONU que autoriza el uso de la fuerza para repeler la ocupación de Irak en Kuwait. La situación “post-11 S” enfrenta nuevamente a Rusia y Occidente, en la decisión de demorar la relación con Turquía, ocupar Afganistán e Irak y amenazar al régimen iraní. Más cerca en el tiempo, sobresale las posiciones diferentes en cuanto a la frustrada intervención militar de los EE.UU. en Siria, en el segundo semestre de 2013.

Fundado por Ciro hace casi tres milenios, el Imperio Persa fue acumulando una grandeza tal, a lo largo de sus conquistas, que le deparó un sentimiento de superioridad respecto de los otros pueblos de la región, especialmente los árabes. A diferencia de otros estados de Medio Oriente, Irán —que hoy ocupa su territorio— es el país que cuenta con un mayor número de musulmanes shiítas en todo el mundo: el 90 % de sus 65 millones de habitantes profesa el shiísmo. Por su parte, la revolución Islámica de 1979, encabezada por el Ayatola Jomeini, puso de manifiesto el componente fundamentalista, que funciona como fuente de inspiración de muchos musulmanes, en su relación con Occidente. Todo esto lo ha convertido en un actor muy relevante en el panorama regional.

En las últimas décadas, la República Islámica de Irán ha oscilado entre la religión y el interés nacional. La intención del Ayatola Jomeini fue edificar en la región una comunidad musulmana unificada, pero la guerra con el Irak de Saddam Hussein —entonces sostenido por los EE.UU. para frenar al fundamentalismo islámico iraní— y luego su muerte en 1989, detuvieron aquel proyecto que tenía mirada geopolítica. Desde entonces fue adquiriendo mayor preponderancia el concepto de interés nacional, hasta que, actualmente, la cercanía ideológica y el mutuo apoyo que se tributan el líder político Mahmmoud Ahmadinejad y el líder religioso el Ayatola Jamenei, configuran una síntesis de unidad político-religiosa que proyecta a Irán como un país con una fuerte influencia dentro y fuera de la región.

Los ocho años de gobierno de Ahmadinejad estuvieron caracterizados por una fuerte proclama ‘anti-occidental-, que tuvo como principal eje de conflicto su relación con los EE.UU., en torno de su Programa Nuclear, en principio, para usos pacíficos, aunque la encendida retórica de Ahmadineyad se convertiría en excusa para considerarlo una amenaza para ‘occidente’.

La llegada a la presidencia de Hassan Rohani, en agosto de 2013, ha supuesto el inicio de una nueva etapa que el propio presidente ha denominado como un Gobierno de “la esperanza y la prudencia”. Rohani es tildado de centrista y pragmático, y para una parte de la sociedad iraní puede ser el hombre que lleve a cabo las reformas necesarias para crear una sociedad más permisiva, de manera progresiva pero eficaz. En efecto, tras los ocho años de Ahmadineyad, la nueva administración ha querido marcar un antes y un después. El primer objetivo que trazó Rohani fue lograr una mejora en la situación econónimca, la cual, a partir del aislamiento financiero impuesto por los EE.UU., colocó a la s cuentas públicas en una situación difícil.

Su estrategia ha sido plantear una mejora en el tono de la relación con los EE.UU., apuntando a que sean levantadas las sancionas económicas. Luego de asumir, mantuvo una conversación telefónica con el presidente estadounidense, Barack Obama, casi 34 años después de que ambos países rompieran relaciones diplomáticas. A partir de ese momento, se pusieron en marcha una serie de reuniones entre la República Islámica y el G5+1, grupo formado por China, Rusia, Estados Unidos, Francia y Reino Unido más Alemania, con el objetivo de alcanzar una solución negociada al ‘tema nuclear’. La fecha comprometida para un acuerdo definitivo es el 24 de noviembre de 2014, fecha en la cual Irán se compromete a garantizar las pretensiones pacíficas de su política nuclear y acepte las inspecciones de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), a cambio del levantamiento de las sanciones.

El otro eje relevante surgido en los últimos meses ha sido la aparición en escena de la organización fundamentalista denominada Estado Islámico (en árabe: الدولة الإسلامية, al-Dawla al-Islāmīya; EI por sus siglas en castellano, también IS por las inglesas), de naturaleza yihadista suní. La nueva realidad que plantea el EI constituye un elemento adicional en la negociación entre Irán y los EE.UU., ya que ambos, por distintos motivos, as partes mantienen un interés común, claramente por distintos motivos, en eliminar a la organización extremista que ha declarado la constitución de un Estado Islámico (Califato) en el Levante, que comprende algunas regiones de Irak y de Siria. En este sentido, si bien la retórica del gobierno iraní contra occidente, se ha moderado respecto de la época de Ahmadineyad, tampoco ha desaparecido. Recientemente, en su discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente Rohani aseguró con relación al surgimiento del “EI” que los "errores estratégicos" de Occidente convirtieron a Medio Oriente "en un paraíso para terroristas y extremistas" y "la agresión militar contra Afganistán e Irak y la inapropiada interferencia en el desarrollo de Siria son ejemplos claros de este abordaje estratégico equivocado en Medio Oriente"19. “Otro error, señaló, fue intentar "exportar la democracia" como si fuera un "producto" que puede llevarse fácilmente de un lugar a otro. "En una sociedad subdesarrollada, la democracia importada sólo lleva a Gobiernos débiles y vulnerables". Asimismo, aseguró que "la violencia está ahora generalizada a otras partes del mundo como una enfermedad contagiosa". La pasada experiencia con Al Qaeda, con el Talibán "y los modernos grupos extremistas", dijo Rohani, demuestran que no se puede usar a esos grupos para oponerse a un Estado "y permanecer inmune a las consecuencias"."La repetición de esos errores, a pesar de tan costosas experiencias, es desconcertante".

De este modo, las relaciones entre los EE.UU. e Irán se encuentran en un nuevo estadío., a tal punto que el 15 de septiembre pasado, el Secretario de Estado John Kerry reconoció en el Consejo de Seguridad de la ONU el papel de Irán en la desacreditación y destrucción del grupo radicalizado.

La preponderancia regional de Irán se acentúa a partir de la remoción de dos de las amenazas más importantes a la seguridad de los Estados Unidos, como Afganistán e Irak. Al mismo tiempo, la presencia de un gobierno pro-shiíta en este último país, torna la relación entre ambos gobiernos —Teherán y Bagdad— más amigable cultural y religiosamente. Cuando, en septiembre de 2006, Ahmadinejad manifestó que ‘Israel debería ser borrado del mapa’ y que ‘el Holocausto no es más que un mito’, sus palabras llevaron desconfianza y alerta a Occidente, ante la idea de que Irán provea apoyo a grupos violentos como Hamas o Hizbola, convirtiendo la cuestión del desarrollo nuclear iraní en un tema de máxima preocupación.

En estos momentos, es Siria quien se presenta como una contrafigura de Irán en el plano regional, dado que posee un gobierno laico, también nacionalista, encabezado por el Partido Socialista Ba’th. Sin embargo, ambos convergen en su respaldo a Hizbola como presión a Israel. En el marco de aquella oscilación de Irán —que fue mencionada más arriba— entre la religión y el interés nacional, es posible que “donde Teherán no pueda hacer uso de su identidad persa, shiíta y fundamentalista, se empiece a consolidar su carta como potencia nacional”20.

Siria se encuentra actualmente en una contienda civil entre las Fuerzas Armadas del gobierno del mandatario Bashar Al-Asad, perteneciente al Partido Baath Árabe Socialista, y diversos grupos armados. El conflicto ha dejado hasta el momento más de 200 mil muertos, de los cuales 40 mil son víctimas civiles. Además, dejó más de tres millones de refugiados y la mayoría de las ciudades devastadas. A partir de marzo de 2011, mientras lo que los medios hegemónicos denominaban la ‘primavera árabe’ se desarrollaba en países como Turquía, Libia y Egipto, las calles de las ciudades sirias comenzaban a ser escenario de las primeras movilizaciones.

La intervención militar de los EE.UU. en Irak que destronó al régimen de Saddam Husein, rompió un delicado equilibrio político regional sostenido durante décadas, en favor de los chiíes. Esto incrementó la resistencia social a la ocupación, y creó el campo fértil para la acción radicalizada de Al Qaeda. Se acuñó, a partir de aquel momento, el concepto de la Media Luna Shía, que se extiende de Irán al Líbano, pasando por Irak y Siria

Los ataques a Siria con el propósito de derrocar a su Presidente Bashar Al Asad, fueron, en un principio, financiados y abastecidos en términos de armamentos por grupos de poder formales e informales de los EE.UU. Pero, una vez demostrada su impotencia para desalojar a Al Asad, se desplazaron hacia la formación del Estado Islámico, un grupo numeroso de combatientes altamente entrenados y pertrechados -en un 85% de origen francés, alemán o británico- que busca instalar un califato sunní, poniendo una vez más en peligro aquel delicado balance de poder que expresa la ‘Media Luna Shía’.

En el plano internacional, debe destacarse que el gobierno chií de Assad es apoyado por Irán que históricamente ha luchado por ganar influencia en la región. Una toma de control sunita alteraría el delicado equilibrio de fuerzas, y el corredor chiíta de Irán, Siria y la organización terrorista libanesa Hezbollah perdería su poder. Con las mismas razones, Arabia Saudita y Qatar han brindado apoyo financiero y logístico a los rebeldes sunitas pues de esta manera Siria se convertiría en un estado sunita, lo que cambiaría el equilibrio geopolítico del poder en el Medio Oriente a su favor.

Sin embargo, los jugadores principales en este conflicto son Rusia y los EE.UU. Rusia desde el comienzo del conflicto ha apoyado a Assad, ya que tiene su único puerto en el Mar Mediterráneo en la ciudad siria de Tartus –el único puerto marítimo de Rusia, que no se encuentra en un antiguo territorio de la Unión Soviética y por lo tanto de importancia estratégica vital. Una toma de control suní podría tener, por ejemplo, un impacto en los musulmanes del sur de Rusia y así desestabilizar la región. Además, la política exterior de Rusia también se rige bajo el llamado “juego de suma cero”, en donde decisiones como ésta se toman para demostrar su propia fuerza, pues el hecho de que EE.UU no gane representa un éxito para Rusia.

Al mismo tiempo, los EE.UU. hasta el surgimiento de el Estado Islámico venía apoyando con fuerza a los insurgentes sunitas para derribar al gobierno chíita de Asaad y así debilitar a la alianza Irán-Siria-Hezbollah, principal enemigo de Israel (aliado número uno de EE.UU en Medio Oriente). Sin embargo, la intervención armada y toma de control de parte del ‘Estado Islámico’ de parte de territorio sirio ha generado que Estados Unidos deba rever su estrategia en el conflicto interno sirio, ya que si pretende combatir el avance de EI, según ha dado muestra en este sentido mediante ataques aéreos y aviones no tripulados, de alguna manera, debería dejar de intentar debilitar a las fuerzas de Al Asad tal como venía haciendo hasta hace pocas semana. Por el contrario, todo pareciera indicar que ya existen acuerdos informales que le permiten a Estados Unidos continuar con ataques aéreos sobre territorio sirio, sin que esto implique algún tipo de respuesta de parte del ejército sirio. Esto lleva a la presunción de que el conflicto con el Estado Islámico pone alguna suerte de paréntesis en la guerra civil en Siria. A partir de esto, al igual que lo que ocurre con Irán, podría visualizarse algún intento de legitimación de Al Asad frente a las potencias occidentales, lo cual, como contraprestación a su colaboración en el combate al EI, pueda recibir un cierto apoyo de estos países de occidente para permanecer en el poder.

Pese a ser firmante de diversos tratados prohibitivos de la producción y uso de armas nucleares21, en febrero de 2003, Irán confirmó su plan de investigación nuclear y enriquecimiento de uranio, como factor de equilibrio frente al desarrollo nuclear de sus vecinos como Israel y Pakistán. Pero el objetivo fundamental es prevenir la presencia regional que los EE.UU. ejercen, a través de sus bases militares —y políticas— en Israel, en primer término; en Irak y Afganistán, en segundo término; y en Arabia Saudita, en tercer término. En este último caso, se mantiene una relación variable, pero de mutua necesidad. Es así que “han acordado estar en desacuerdo en el conflicto árabe-israelí, sin que ello afecte su cooperación en los puntos clave de dependencia”22, como el petróleo, las bases militares, la contención de otros actores políticos de la región y el control de la intensidad del propio conflicto árabe-israelí. En este sentido, no pocos autores, como Joseph Cirincione o Amin Taheri, sostienen que para la facción dominante de la administración Bush, el problema en la relación de los EE.UU. con Irán no era sólo la eliminación de la capacidad nuclear iraní, sino la eliminación lisa y llana de su régimen político.

Hablar de Irán supone, además, no prescindir de los dos colosos que lo circundan al norte y al oeste respectivamente, Rusia y China, todos ellos civilizaciones milenarias e imperiales. Para Rusia, Irán representa un peligro nuclear mucho menor que para los EE.UU. En contraste, Irán y Rusia cooperan estrechamente en el enriquecimiento de uranio y mantienen una fuerte interdependencia energética y comercial. Para China, su condición de proveedor de armas a Irán y el intercambio comercial, en canje por el abastecimiento a su creciente demanda energética, lo torna un aliado en pos de contener la presencia regional de los EE.UU. Es por estas razones, que tanto Rusia como China se han negado categóricamente a la aplicación de sanciones en contra de Irán, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Siendo Rusia el mayor inversor en la industria nuclear iraní, y China su principal comprador de energía, ninguno de los dos está dispuesto a sacrificar sus intereses nacionales por los de Occidente.

Mientras tanto, el rol de Europa ha consistido, hasta ahora, en ejercer una prudente intermediación diplomática que evite la confrontación directa, y permita el monitoreo de la actividad nuclear iraní por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). En términos de esa prudencia, y en divergencia con la lógica puramente confrontativa, su Director General, Mohammad El Baradei, ha expresado que “debemos modificar nuestra idea de que el diálogo es un premio por el buen comportamiento. Se necesita diálogo cuando existe un mal comportamiento, porque la función del diálogo es cambiar el comportamiento”.

Debe quedar muy claro que, detrás del enunciado de Washington en torno de la democracia, los derechos humanos y la prohibición nuclear, se esconde el verdadero objetivo del control estratégico de la región. Si no fuera así, no existiría la doble cara de que lo que se condena a algunos países se le consiente a otros. Tanto Israel como China ostentan sobradas demandas internacionales de violación de derechos humanos, y sin embargo son, respectivamente, aliados político y comercial de los EE.UU. En el mismo sentido, Israel y la India atesoran ojivas nucleares listas para ser activadas, sin recibir reproche alguno, como sí lo hacen con Irán.

Peligro extremo para la comunidad mundial”, como sostiene Occidente; “desarrollo soberano inalienable de un pueblo a asumir su desarrollo”, como sostiene Irán, el régimen nuclear iraní responde a un proceso histórico y cultural vinculado con el interés nacional de un pueblo, con su propósito de ejercer influencia regional y disuadir la presencia de los Estados Unidos, en pos de un mayor equilibrio de fuerzas; y, al fin y al cabo, desenmascarar el doble estándar de Occidente al ponderar un mismo hecho —en este caso el desarrollo nuclear— como una virtud o una amenaza, según sea protagonizado por uno de sus aliados o por uno de sus ‘enemigos’ políticos. Un doble estándar que contribuye mucho a la creación de grandes fortalezas, y en nada al respeto de las identidades culturales o religiosas, a la comunicación de civilizaciones, ni al equilibrio de poder y la paz en el mundo.

1 Amin, Samir, “El eurocentrismo, crítica de una ideología”, Ed. Siglo XXI, México, 1989.

2 Renan y Said, citados por Gabiela Cantú y Emiliano Lozano en “Islam y Occidente”, Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata y Tecnológico de Monterrey, págs. 33 y 34.

3 Asani, Ali S., citado por los mismos autores en el artículo mencionado.

4 Said, Edward, “Orientalism”, Pinguin Books, Nueva York, 1978.

5 Galindo Ulloa, Javier, “Orientalismo de Edward Said”, en Revista Siempre, 27 de septiembre de 2004, citado por Zidane Zeraoui, ob. cit., pág. 26.

6 Galindo Ulloa, Javier, ob. cit.

7 Artículo de Harold W. Glidden, miembro del Bureau de Intelligence and Research del Departamento de Estado de los EE.UU., citado por Said, ob. cit.

8 Buruma, Ian y Margalit, Avishai, “Occidentalism. The West in the Eyes of its Enemies”, The Penguin Press, 2004, citado por Zidane Zeraoui, ob. cit., pág. 28.

9 La declaración a la que aludo fue: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Extraída del texto íntegro del discurso de Benedicto XVI en IBLNNews Agencias, Nueva York, 18 de septiembre de 2006.

10 Se puede consultar a Alfonso González en “¿Es posible la convivencia con el Islam?”: http://193.146228.30/congresoV/ponenciasV/alfonso%20gonzalez.pdf

11 Asani, Ali S., ob. cit.

12 Hourani, pág. 97.

13 Wellhausen, Julios, “The Arab Kingdom and its Fall”, Courzon Press Ltd., Londres, 1973.

14 Zeraoui, Zidane, “Islam y Política”, pág. 75, Ed. Trillas, México, 2004.

15 Gellner, Ernest, “Tribus y Estado en el Medio Oriente” en “Antropología y Política”, págs. 203-225, Altaya, Barcelona, 1999.

16 Pfoh, en el libro “Sobre el Medio Oriente”, ob. cit., pág. 77.

17 Zeraoui, Zidane, “Sobre Medio Oriente”, pág. 15, Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2007.

18 Por sus firmantes Mark Sykes, por Gran Bretaña y Charles-George Picot, por Francia.

19 http://www.lanacion.com.ar/m1/1730204-hassan-rohani-en-la-onu-ciertos-paises-ayudaron-a-crear-el-extremismo-y-ahora-son-incapaces-de-frenarlo

20 Cantú, Gabriela y Bahena, Adelia, “Irán y el equilibrio nuclear regional”, en “Sobre Medio Oriente”, ob. cit., pág. 224.

21 Tratado de No Proliferación Nuclear, Convención de Armas Biológicas y Tóxicas, Tratado Comprensivo de Test Ban y Convención de Armas Químicas.

 

22 Simbar, Reza, “Iran and the US: Engagement or Confrontation”, citado por Cantú y Bahena, pág. 225.